El gran reto está en la productividad. Llevamos décadas creciendo a un ritmo moderado y eso nos impide dar saltos más significativos en desarrollo social. La clave no es solo crecer más, sino crecer mejor: con reglas claras, menos trámites, infraestructura que conecte el país y un sistema educativo que forme talento preparado para la economía del futuro, entre otras. La clave de la competitividad es la colaboración entre lo público y lo privado.
El Estado tiene que ser un facilitador, no un obstáculo. Eso significa políticas públicas estables, regulaciones claras y un ambiente que le dé confianza a los empresarios para invertir. Cuando el Estado se concentra en lo esencial —seguridad jurídica, infraestructura, calidad institucional— se abre espacio para que el sector privado haga lo que mejor sabe hacer: innovar, generar empleo y competir. Después de lo esencial, el Estado puede ayudar a resolver fallas de mercado. Pero con criterios claros.
Sí, muchas veces planteamos reformas ambiciosas, pero nos falta capacidad de ejecución. No basta con aprobar una ley o un Conpes; hay que implementarla, medir resultados y ajustarla. Es como si hiciéramos el plano de una casa y nunca la construyéramos. Lo que necesitamos es disciplina de política pública, continuidad más allá de los gobiernos de turno.
En 2026-2030 tendremos que enfrentarnos a varias crisis simultaneamente que van a necesitar reformas de ley y de política: fiscal, salud, seguridad, energía, tamaño y alcance del Estado, educación, y empleo.
Que el crecimiento no sea solo para unos pocos. Cuando hablamos de competitividad, no es únicamente atraer inversión extranjera o subir en los rankings. Es lograr que cada región tenga oportunidades, que la gente encuentre empleos formales y que la productividad se traduzca en bienestar.
Es fundamental. Colombia no va a competir por salarios bajos, sino por creatividad y capacidad de hacer las cosas mejor. La innovación no es solo laboratorios o patentes; es también cómo una pyme organiza su logística o cómo un agricultor usa tecnología para mejorar su cosecha.
Tres cosas: confianza en invertir, talento humano y un ecosistema que premie el riesgo. En Colombia todavía castigamos mucho el fracaso. Necesitamos entender que probar, fallar y volver a intentar es parte del camino.
Hay empresas que lo están haciendo muy bien, pero necesitamos que sea masivo. No basta con que innoven las grandes compañías; la competitividad del país depende también de que las micro, pequeñas y medianas empresas adopten tecnología, procesos digitales y nuevas formas de trabajo.
Primero, confianza mutua. El sector público tiene que escuchar al privado sin prejuicios, y el privado tiene que entender que las reglas de juego son necesarias. Segundo, trabajar sobre proyectos concretos: por ejemplo, digitalización de trámites, transición energética, logística 4.0. Cuando se ven resultados, se fortalece la cooperación.
Me gusta mucho el caso de Polonia. Hace 30 años tenían un PIB per cápita similar al de Colombia, pero apostaron por educación, ciencia e innovación de forma disciplinada. Eso demuestra que un país que cree en la innovación y trabaja de manera consistente puede transformar su futuro.
Vamos hacia un mercado laboral mucho más flexible, donde la tecnología y la automatización transforman oficios, pero al mismo tiempo abren nuevas oportunidades. El reto es preparar a la gente para trabajos que hoy ni siquiera existen.
Competencias digitales, pensamiento crítico y capacidad de trabajar en equipo. El conocimiento técnico es importante, pero las llamadas “habilidades blandas” son las que permiten adaptarse a un entorno en constante cambio.
Pasar de ser un sistema rígido a uno flexible y conectado con la empresa y el mercado. Que un estudiante pueda combinar módulos, certificaciones cortas, formación práctica y actualización constante. No podemos seguir educando para un empleo de por vida, porque ese mundo ya no existe.
Con reglas más simples y costos más bajos para la formalidad. Hoy tener un trabajador formal en Colombia es costoso y no se compadece con la productividad. Si logramos reducir esa carga y crear capacidades para subir la productividad, más empresas van a contratar formalmente. Eso también requiere seguridad social incluyente, que dé cobertura a todos.
Que la incertidumbre siempre va a existir, pero la mejor forma de afrontarla es prepararse y ser curiosos. El futuro no es de quienes lo adivinen, sino de quienes se adapten más rápido. Colombia necesita jóvenes que se atrevan a liderar, a emprender y a transformar.